
Realizado Por: Diac. Noe Martinez C. Categoría: Cristianismo, Fe Fecha: Nov, 2025
Jesucristo sigue siendo una de las figuras más influyentes. En su nombre se han fundado ciudades, a su gloria se han dedicado increíbles obras de arte y su espíritu se ha invocado a la hora de entrar en batallas. Es el personaje central de los Evangelios que conforman la Biblia y el eje central en torno al que gira la religión cristiana. El nacimiento de Jesús se produjo en Belén. Predicó la palabra de Dios, al tiempo que sus milagros extendieron su fama.
Gracias a su carisma, formó una legión de seguidores incondicionales, entre los que destacaron los apóstoles, que continuaron su misión evangelizadora. Fue condenado a morir en la cruz para pagar por los pecados de la humanidad, pero resucitó y ascendió a los cielos.

Jesús debía venir del linaje de David porque así lo exigían las profecías mesiánicas en las escrituras hebreas. Dios había prometido que el Mesías —el Rey eterno que restauraría a Israel y gobernaría con justicia— sería descendiente de David, el rey ideal de Israel.
María vivía en Nazaret de Galilea, una región judía del norte de Israel. Era descendiente de Israel y cumplía las costumbres religiosas judías, también conocía profundamente las Escrituras, como lo muestra su cántico (Lucas 1:46-55)
La circuncisión de los hijos de Israel es un ritual vital para la afirmación de la identidad judía, representa el nexo permanente entre el Creador y el pueblo judío, hasta un punto tal que en la Biblia se afirma que aquel que transgrede este mandamiento se verá separado del pueblo judío.
El judío está comprometido por un pacto que tiene grabado muy por debajo de su ser consciente, e incluso, en su carne misma: un lazo eterno que D-s estableció con su padre Abraham. Mucho antes de que el judío tuviera conciencia de sí, sus padres lo hicieron entrar a este pacto cuando se le practicó la circuncisión.
La presentación de Jesús en el templo era un acto específico de cumplimiento de la ley y proclamación de su identidad como Judío. Este acto destaca la importancia de los niños como bendición de Dios y afirma el compromiso de los padres de educar a sus hijos conforme a las enseñanzas y mandatos bíblicos.
Los niños judíos aprendían a leer la Torá desde muy temprana edad: según fuentes rabínicas posteriores, “a los cinco años se alcanza la edad para estudiar el Tanaj (-la Torá (Ley), los Nevi’im (Profetas) y los Ketuvim (Escritos)-), a los diez para la Mishná (nombre de los sesenta y tres tratados en los que se estableció la Ley Oral), y a los trece para cumplir las mitzvot”.
Aunque no existen datos directos de la infancia de Jesús, lo más probable es que recibiera esta formación tradicional: habría memorizado pasajes de la Ley y los profetas, y participado en enseñanzas orales de la sinagoga local. De adulto, Jesús demostró amplio conocimiento de las Escrituras hebreas.
Jesús fue encontrado en el templo, participando en discusiones con los doctores de la ley y enseñando a otros. Esto demuestra su temprana inteligencia, sabiduría y dedicación a la palabra de Dios. También muestra su compromiso con la misión que tenía por delante. (Lucas 2:39-52)
Jesús no solo escuchaba a los doctores, sino que también les hacía preguntas y ofrecía respuestas, demostrando una comprensión temprana de las escrituras y las leyes de Dios. Su presencia en el templo, involucrándose activamente en la discusión de temas religiosos, muestra su temprana dedicación a la palabra de Dios y su compromiso con su misión futura. El hecho de que Jesús estuviera en el templo, un lugar de enseñanza y aprendizaje anticipa su futura vocación como maestro y líder religioso. Aunque se quedó en el templo sin el permiso de sus padres, Jesús también demostró respeto por sus padres terrenales al regresar a Nazaret con ellos y obedecerlos.
Tener sabiduría es en esencia aprender lo que es correcto y aplicar ese conocimiento en la vida diaria. Esto nos dice que Jesús no sólo se dedicaba a estudiar, sino que practicaba la sabiduría en su vida aún siendo un niño. Durante su ministerio, Jesucristo ejerció una sabiduría perfecta en muchas instancias. Pero esa sabiduría no apareció mágicamente cuando se convirtió en adulto; fue desarrollada cuidadosamente desde que era un niño.
El bautismo incluye un convenio sagrado, una promesa, entre el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y la persona que es bautizada. Nosotros hacemos convenio de guardar sus mandamientos, de servirle. Él promete perdonar nuestros pecados, “[derramar] su Espíritu sobre [nosotros]” y nos ofrece la vida eterna.
El bautismo simboliza la sepultura del pecador y el renacimiento espiritual de la persona para vivir “en vida nueva”. Mediante el bautismo dejamos atrás nuestra antigua vida y comenzamos una vida nueva como discípulos de Jesucristo.
Jesús vivió como un judío observante, participando de las prácticas religiosas de la ley y cumplió sus preceptos en su vida diaria y ministerio. Guardaba el Shabat: los evangelios mencionan que enseñó y hasta realizó curaciones durante el día de reposo, fue a la sinagoga regularmente ese día, como lo hacía todo judío fiel, asimismo se ajustaba a las normas dietéticas judías, cumplió las leyes al encarnar los mandamientos de amar a Dios y amar al prójimo, lo cual es el verdadero propósito de toda la ley.
Cuando Jesús nació, la región de Judea estaba bajo el control del rey Herodes, nombrado por el Imperio Romano. Pero cuando Jesús predicaba el evangelio, Judea estaba regido por un gobernador que había sido enviado desde Roma. Por eso, no había rey, sino César, el Emperador Romano. Si alguno decía ser rey, significaba que había cometido traición contra el Imperio Romano.
Los sumos sacerdotes y los ancianos trataron de acusar a Jesús, eran bastante conscientes de que no podían acusarlo por razones religiosas. Entonces, para culpar a Jesús de traición, estuvieron alertas para atraparlo, por eso pudieron acusarlo, diciendo: “Él está fomentando disturbios entre los judíos, diciendo ser el rey de los judíos”. Por esa razón enviaron a sus discípulos, junto con los herodianos, cuando trataron de probar a Jesús. (Mateo 22:15-22)
1.Blasfemia y desafío a la autoridad
2.Por presión política y temor a Roma